Compartir En

Lluis Maria Martinez Sistach

Cardenal, arzobispo emérito de Barcelona, España
 biografía

Deseo, ante todo, expresar mi satisfacción por la celebración en nuestra ciudad de Barcelona del vigésimo quinto Encuentro Mundial por la Paz. En torno al altar de esta bellísima basílica, agradezco a la Comunidad de Sant’Egidio y a su fundador, el estimado Dr. Andrea Riccardi, que aceptara la invitación que le formulé de acoger en Barcelona, por segunda vez, este Encuentro que es una parábola del futuro, de un futuro mejor que, con la ayuda de Dios, esperamos para el mundo y para la aportación que las religiones pueden y deben hacer a la causa de la convivencia en la paz, la libertad y la justicia. Todavía está vivo en la memoria de esta ciudad el recuerdo de aquel decimoquinto encuentro de “Hombres y religiones” celebrado en los primeros días de septiembre del año 2001.

Comparto la responsabilidad de estas reflexiones sobre la liturgia de hoy con un querido hermano, Su Eminencia Filaret, Metropolita del Patriarcado de Moscú. Mis reflexiones aspiran a ser sólo una ayuda para iluminar nuestro espíritu al disponernos a participar en este nuevo Encuentro interreligioso. A todos nos mueve el llamado espíritu de Asís, recordando aquel encuentro convocado por el Papa Juan Pablo II y secundado generosamente por muchos líderes religiosos en octubre de 1986.

Una primera reflexión sobre el texto del profeta Habacuc que hemos escuchado. Se trata de un texto profético del siglo VII antes de Cristo, que comienza con una queja que puede sonar extraña en nuestro tiempo, pero que es muy actual: el profeta se queja de la pasividad de Dios ante tantas injusticias. Y dice: “¿Por qué me haces ver desgracias, me muestras trabajos, violencias y catástrofes, surgen luchas y se alzan contiendas?”

¿No es ésta, queridos hermanos y hermanas, la visión actual que ofrece todavía nuestro mundo? Nosotros mismos, que nos disponemos a trabajar durante estas tres jornadas sobre la convivencia en tiempos de crisis, sobre una visión del mundo que sea “la familia de Dios y la familia de los pueblos”, podemos estar tentados de dejarnos arrastrar por el desaliento. Como diciéndonos: “Nosotros proponemos un ideal, pero la realidad va por otro lado. Nosotros proponemos una ilusión y una esperanza, pero en la realidad lo que se impone es la violencia y el conflicto. Nosotros proponemos la paz, pero lo que domina es el conflicto y el enfrentamiento”.                                                                                                          

Ante esto, queridos hermanos y hermanas, os invito fraternalmente y me invito a ser hombres y mujeres de fe. Siguiendo la respuesta que escuchó el profeta, no perdamos la esperanza. El Dios de la justicia y de la paz no fallará. Dispongámonos a escuchar con espíritu abierto. Estemos atentos a los mejores mensajes de paz, de convivencia, de fraternidad y de compasión que hallamos en el fondo de todas las grandes tradiciones religiosas. 

“El injusto –dice el profeta bíblico- tiene el alma hinchada, pero el justo vivirá por su fe”. La fe no es una conquista humana, sino un regalo de la gracia de Cristo que hay que pedir. La historia del auténtico apostolado y de la santidad es una epopeya de “imposibles humanos”, llevados a término por el Espíritu de Dios que tiene por instrumentos suyos a los “hombres de fe”. Que siempre seamos hombres y mujeres de alma sensible a las causas de los pobres. Que no tengamos un alma hinchada y orgullosa, sino sensible y compasiva. Miremos de ser hombres y mujeres justos, viviendo por la fe. Seamos hombres y mujeres que vivamos gracias a la fe.

Para una segunda reflexión, les pido que me permitan expresarla en la lengua propia de Cataluña, que es la lengua materna de muchos de los  que me escuchan. 

San Pablo, en la segunda lectura, nos invita a dar una respuesta positiva a los dones que cada uno ha recibido de Dios y nos pide que lo hagamos con fortaleza espiritual, con amor y con un juicio recto. Es un consejo excelente para el trabajo que nos disponemos a hacer en estos días en Barcelona. El Encuentro “Hombres y Religiones”, conocido también como “Oración por la Paz”, ha hecho camino en nombre de Dios y siguiendo el espíritu de Asís. Por eso podemos celebrar los 25 años de estos encuentros.

Debemos levantar nuestros corazones a Dios y darle gracias por los dones con los que nos ha agraciado en este cuarto de siglo. Hemos recorrido ya un largo trecho y los frutos que podemos ver han sido muchos y muy buenos. Eso nos debe animar a continuar en nuestra ruta. El camino que nos queda todavía es largo.

Pero si miramos el trayecto que ya hemos recorrido, podemos decir que este espíritu de Asís ha hermanado a miles de personas durante todos estos años, y las ha unido con una sensibilidad común que ha sobrepasado todo tipo de fronteras y barreras. Hombres y mujeres de religión, pensadores, políticos, economistas han sentido que el espíritu de Asís tocaba su corazón y se han convertido, dentro de sus posibilidades, en siervos humildes de la convivencia y de la paz en sus sociedades y en el mundo globalizado y plural de hoy. 

Todos estos hombres y mujeres que han hecho posibles las 25 ediciones de la Oración por la Paz son testigos de que esta iniciativa se lleva a cabo gracias a la amistad y en un mundo que debe construirse mediante el arte de convivir. La Oración por la Paz se hace en nombre de la fe en el Dios de la paz, que quiere el bien de todos sus hijos, sobre todo los más débiles, los más frágiles, los que sufren.

Mi tercera reflexión la haré en italiano, pensando justamente en los muchos miembros de este país hermano que nos acompañan. Me parece que el Evangelio de hoy nos puede ayudar a vivir con intensidad espiritual los diversos eventos de nuestro Encuentro. Jesús nos dice que la fe puede hacer milagros. Lo creemos sinceramente. La fe puede hacer el milagro de convertir el propio corazón y cambiar el mundo.

Debemos creer que la fe puede hacer el milagro de realizar el título del Encuentro de Barcelona: “Vivir juntos en un tiempo de crisis” y construir la “familia de Dios, familia de los pueblos”. Este hoy es nuestro desafío ante la tentación de aislarse, de vivir el choque y de querer superar solos y solo para sí mismos la crisis. El mensaje del Encuentro es la única alternativa a la guerra, al conflicto y a la desconfianza. La única vía para nuestro mundo plural y globalizado es la de vivir juntos en la fidelidad a la propia identidad y a los propios derechos en el respeto de la identidad y de los derechos de los demás.

Como es costumbre decir en estos encuentros de hombres y religiones, la paz es una obra abierta a todos, es una realidad que debemos construir entre todos. Solo desde esta vivencia y desde este vivir juntos, nutridos por el diálogo y el encuentro generoso con el otro, podremos encontrar un discurso auténtico y tranquilizador para el presente y para el futuro.

La liturgia de hoy nos pide que seamos hombres y mujeres de fe y de fuerza espiritual (primera lectura); nos pide que cada uno agradezca a Dios y que haga fructificar los dones ricibidos, que conserve el depósito de sabiduría en el propio espíritu (segunda lectura); nos pide, en fin, que trabajemos de modo tal que esta fe sea en nosotros una fuerza y un salto a favor de la paz y de la convivencia entre los pueblos, de modo tal que ellos puedan ser no solo una familia de los pueblos, sino también una familia de Dios. Y cuando trabajemos por realizar estos objetivos, seamos también humildes para poner toda nuestra confianza en la ayuda de Dios y para decirnos el uno al otro, como nos propone hoy el Evangelio: “no somos más que unos pobres siervos; sólo hemos hecho lo que teníamos que hacer”.

+ Lluís Martínez Sistach
Cardenal Arquebisbe de Barcelona