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Jaume Castro

Gemeinschaft Sant’Egidio, Spanien
 biografie

Queridos amigos:

 
Es para mí una gran alegría y un honor traer el testimonio de la Comunidad de Sant’Egidio a esta mesa redonda, compartir con todos vosotros el testimonio de solidaridad y acogida con los refugiados en nuestro encuentro: “Paz sin fronteras”. Para muchas personas, especialmente para los refugiados que quieren entrar y encuentran las fronteras cerradas, las fronteras pueden significar violencia y muerte. 
 
Óscar y Valeria, padre e hija, inmigrantes salvadoreños que aparecieron ahogados en el río Bravo, en la frontera fluvial entre Estados Unidos y México. Alain Kurdi, que se ahogó en las playas de Turquía en 2015 mientras intentaba llegar a Europa con su familia. Blaise y 14 jóvenes africanos más, que en febrero de aquel mismo año murieron en la playa del Tarajal, cuando intentaban cruzar el espigón marítimo fronterizo en Ceuta. Son tragedias anunciadas que se habrían podido evitar, y a las que podemos sumar las de más de 38.500 personas que desde 1990 han perdido la vida intentando llegar al continente europeo. 
 
Se trata de hombres, mujeres y niños que han muerto de esperanza. Sí, se sigue muriendo de esperanza en las rutas de inmigración hacia Europa y Estados Unidos. Es necesario recordar cada uno de estos rostros para que no se pierda su recuerdo, para que no se hunda nuestra humanidad. Sant’Egidio, en Roma, en la isla de Lesbos y en muchas ciudades del mundo, recuerda a todos estos inmigrantes en la oración Morir de Esperanza. Hace poco más de un año, en Barcelona participaron en esta oración 24 inmigrantes que pocos días antes habían llegado a Tarifa. Alain era uno de ellos. Dijo:
 
“Doy gracias a Dios porque mi historia ha tenido un final feliz. Cuarenta y siete de mis compañeros no lo han podido contar. Vuestra amistad me ha permitido superar lo que he pasado y, sobre todo, la oración me ha dado la calma para continuar este camino.”
 
La oración sostiene la vida de los inmigrantes y nos ayuda a detenernos delante su vida y a no mirar a otro lado. Por eso la oración es la primera obra de la Comunidad y la escucha del Evangelio nos devuelve la esperanza en un mundo más humano donde crear nuevos espacios de solidaridad y amistad. Nos empuja a construir en nuestras ciudades lo que Andrea Riccardi ha llamado la “civilización de la convivencia”, porque en el mundo global “vivir juntos parece un destino inevitable, pero no siempre es una opción tranquilizadora”.
 
Es cierto, vivir juntos es un destino inevitable, pero a mucha gente la inmigración le provoca inquietud. Lo hemos visto los últimos meses, un periodo lleno de miedo y odio hacia los refugiados y los inmigrantes. Oímos acusaciones y se dictan decretos contra quien salva a las personas en el mar. Se olvida el sufrimiento y la muerte de los inmigrantes, se criminaliza a las organizaciones de salvamento, se cierran los puertos para impedir la llegada a los náufragos vulnerando el derecho marítimo internacional y la misma humanidad. 
 
Ayudar a quien lo necesita parece cada vez más difícil. El papa Francisco, muy sensible a la situación de los inmigrantes, afirma que “la respuesta al desafío planteado por las migraciones contemporáneas se puede resumir en cuatro verbos: acoger, proteger, promover e integrar…” y añade: “no solamente está en juego la causa de los migrantes, no se trata solo de ellos, sino de todos nosotros, del presente y del futuro de la familia humana” (Jornada Mundial del migrante y del refugiado 2019).
 
Nos encontramos ante una demanda de futuro y de vida para toda Europa y para la familia humana. Existe la tentación de menospreciar nuestra civilización borrando la belleza de la solidaridad y la esperanza de vivir juntos. 
 
Sant’Egidio ha sentido la necesidad de hacer algo y ha buscado una brecha que permita entrar en Europa de manera segura y legal a los potenciales solicitantes de asilo: los “corredores humanitarios”. Estos, además de salvar vidas humanas en el Mediterráneo, impiden la explotación de los traficantes, que se lucran con aquellos que huyen de la guerra; permiten que personas en "situaciones de vulnerabilidad" (por ejemplo, personas que son perseguidas y torturadas, familias con niños, ancianos, enfermos y personas discapacitadas) entren legalmente en territorio europeo con un visado humanitario. Y además, garantizan la seguridad tanto para quien llega a Europa (en avión, y no en una patera) como para los ciudadanos europeos de los países que los acogen: Italia, Francia, Bélgica y Andorra. 
 
La novedad más clamorosa de esta propuesta de intervención es que surge del mundo de la sociedad civil y no supone ningún coste adicional para el Estado. A día de hoy, los “corredores humanitarios” han salvado de situaciones difíciles y han integrado 2.669 personas. La mayoría provenían de los campos de refugiados del Líbano, pero 498 estaban en campos de refugiados de Etiopía, donde hay refugiados del Cuerno de África y de otras zonas del África Subsahariana. En cuanto a los países de acogida, Italia ha acogido 2148 refugiados, Francia 364, Bélgica 150 y Andorra 7. Se trata en su mayoría de núcleos familiares. Tanto es así, que más de 1000 son menores, un 40% de todos los refugiados que han llegado. 
 
Un caso particular es el corredor humanitario de Andorra. Este pequeño país entre España y Francia se ha comprometido a acoger 20 personas. Es una cantidad modesta, pero significativa para un país que no llega a los 80.000 habitantes y que en los últimos años ha reducido su población y ha perdido capacidad atractiva para que llegaran nuevos inmigrantes, como sucede en la mayoría de los países europeos. Andorra no ha firmado el tratado de Schengen y no dispone de una ley de asilo. Para poder abrir los corredores humanitarios ha tenido que crear un nuevo marco legal. Las primeras dos familias llegaron al aeropuerto de Barcelona desde Beirut en octubre de 2018, hace apenas un año. 
 
El pasado mes de julio, Sant’Egidio, junto con la Federación de las Iglesias evangélicas de Italia (FCEI), propuso un “corredor humanitario europeo” para proteger a los refugiados que se encuentran en Libia. En aquel país azotado por la guerra civil, los refugiados viven en campos de detención en condiciones similares a la de los campos de concentración. Su vida corre peligro y están sometidos cada día a torturas y vejaciones de todo tipo. Este corredor humanitario sería una nueva vía de acceso legal y seguro a Europa para 50.000 refugiados que, a través de un sistema de cuotas, serían acogidos en los países europeos que se mostraran disponibles a participar en el proyecto. Para Europa puede ser un acto de civilización en defensa de los derechos humanos, un gesto a la altura del rol que creemos que debe asumir en el mundo.
 
Los corredores humanitarios son una realidad, un modelo que funciona, que es replicable, y que es capaz de ir más allá de una actuación de emergencia y de hacer frente al fenómeno de la inmigración con itinerarios de integración. Por eso nos gustaría que se incentivaran los corredores humanitarios, vías de acceso “legal y seguro”, y que se utilizaran en otros países, también en España, donde hasta el momento no ha sido posible abrirlos. 
 
En Italia Sant’Egidio acoge a refugiados en 18 regiones, con la participación directa de 3.500 personas: particulares que abren sus casas, asociaciones, instituciones religiosas, parroquias. Con la vertebración de este tejido de relaciones sociales, los corredores humanitarios se han convertido en un recurso para los lugares de acogida. Incluso hay pequeños pueblos que se han revitalizado y que permiten la integración de los inmigrantes desde el primer día de su llegada. Benefician a ambas partes.
 
Si nos fijamos en el primer grupo de 1000 refugiados que llegó a Italia gracias al primer protocolo, veremos que el 73% han obtenido el estatus de refugiado. El 83% de los refugiados adultos han asistido al menos durante 6 meses a clases de lengua. Los niños y adolescentes van todos a la escuela. Actualmente muchos de ellos tienen un empleo estable, algunos ya han abierto actividades por cuenta propia (lavado de coches, barberías, restaurantes), realizan estudios universitarios u otros estudios profesionales. 
 
Todos los inmigrantes deben hacer frente al problema de la integración. Para muchos de los que viven en Europa no existen vías legales para entrar en el país. Tal es el caso de Suleiman, un refugiado sirio de Homs que huyó de Siria con su familia haciendo un viaje largo y peligroso para entrar clandestinamente en España por Melilla. Otros inmigrantes, como los salvadoreños o los hondureños, huyen de las maras, y muchos de ellos lo hacen después de sufrir las largas marchas hacia Estados Unidos. 
 
Para una buena convivencia e integración tenemos el desafío de propiciar espacios y momentos de encuentro, donde aflore la amistad y la solidaridad. Tras los atentados terroristas del verano de 2017 en la Rambla de Barcelona, Nazha Akalai, una mujer marroquí de Gente de Paz (movimiento de Nuevos Europeos de la Sant’Egidio), decía: “Juntos vencemos el miedo, juntos nos conocemos y venceremos los prejuicios, juntos somos capaces de construir una ciudad mucho más humana y bonita, un mundo sin racismo ni violencia”. 
 
Para Sant’Egidio la “Escuela de Cultura e Idiomas” (aprender el idioma es fundamental), el centro de acogida, el comedor, la solidaridad en el barrio pero sobre todo los lazos de amistad personales son el camino para una verdadera integración. La Comida de Navidad o la comida del final del Ramadán son también estos momentos. Ouassim, un marroquí de Manresa, subraya que “en estas celebraciones es consolador y bonito ver a personas de diversas culturas y religiones sentadas una al lado de las otras, unos sirviendo a los otros. Con este esfuerzo y más iniciativas de este estilo, un mundo mejor es posible”.
 
Los inmigrantes son el fermento de un mundo mejor. Son personas que traen consigo sus valores, y no solo sus necesidades, hombres de quien aprender y no solo a los que hay que ayudar. A través de su experiencia vital, muchas veces llena de dificultades y sufrimiento, han cultivado una fuerza espiritual llena de esperanza en un futuro mejor. Hoy en nuestras ciudades vemos que muchos “nuevos europeos” impulsan iniciativas de solidaridad y atención a los más pobres, porque cuando son acogidos y ayudados sienten la necesidad de devolver lo que han recibido.
 
Integrar es el fundamento para una buena convivencia: es un arte que ayuda a todos a vivir mejor y en paz. Evita que el clima de la sociedad se envenene y evita que nadie se encierre o se sienta encerrado en un gueto. Una realidad comunitaria, integradora, permite que todos los ciudadanos se sientan en casa: en su barrio, en su ciudad; favorece que todos los ciudadanos tengan las mismas oportunidades. Es el signo de una ciudad más humana. 
 
Recibiendo a un grupo de refugiados sirios que llegaban a Roma desde Beirut gracias a los “corredores humanitarios”, Marco Impagliazzo les daba la bienvenida diciendo: “No son solo corredores humanitarios, de hecho viendo tanta inhumanidad en el mundo, se podrían llamar ‘corredores humanos’, porque tienen mucha humanidad”. 
 
Sí, del encuentro con los inmigrantes surge una fuente de humanidad. No es fácil que personas distintas vivan juntas, no es algo espontáneo, pero se aprende, es esencialmente humano, como humana es la solidaridad para salvar una vida, como humano es el sueño de un mundo mejor para todos. Los “corredores humanos” proponen un itinerario de humanidad para todos y constituyen hoy un paso decisivo en la construcción de la “civilización de la convivencia”.