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Heinrich Bedford-Strohm

Obispo evangélico-luterano, presidente del Consejo de la Iglesia Evangélica en Alemania (EKD)
 biografía

Juan 11, 25-26
"Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre."

 

Queridos hermanos y hermanas:

Es maravilloso que pueda dirigirme a ustedes de esta manera, que pueda llamarles hermanos y hermanas. Esto no es natural. Normalmente, al venir de un país diferente, al conocer a gente de muchos otros países con historias muy diferentes, tendría que mantenerme mucho más distante y tal vez comenzar mis palabras con un educado ¡"Señoras y Señores"! Pero no estoy solo dando un discurso. No estoy solo dirigiéndome a personas en un país diferente como orador invitado. No, realmente les estoy hablando como su hermano. Les hablo como un hermano en Cristo. Cuando predico a personas que no conozco, que viven lejos de mí, cuya experiencia de vida es muy diferente, que tal vez tienen un color de piel diferente al mío, y sin embargo tienen este sentimiento de cercanía, pienso cada vez, lo maravilloso que es. 

 

Cuando predico a gente que normalmente viene de un mundo diferente pero con la que me siento muy relacionado, es como un milagro para mí. Es un milagro que yo me sienta tan cerca de ustedes que puedo incluso llamarles "hermanos y hermanas".

El milagro de estar juntos como hermanos y hermanas aquí en Madrid hoy tiene un nombre. El nombre de este milagro es Jesucristo. "Yo soy la resurrección y la vida." - dice Jesús. "Aquellos que creen en mí, aunque mueran, vivirán, y todos los que viven y creen en mí nunca morirán.

Sí, nuestra convención ecuménica cristiana aquí es una experiencia de resurrección. Porque es una experiencia de amor, amistad y solidaridad en Cristo en un mundo en el que hay mucha injusticia, odio y violencia. El amor es más fuerte que el odio. La muerte no es la última palabra de Dios, sino la vida. Aquellos que ahora lloran y se lamentan serán consolados y experimentarán el gozo del reino de Dios. Esa es la promesa cuando Jesús dice: "Yo soy la resurrección y la vida. Los que creen en mí, aunque mueran, vivirán, y todos los que viven y creen en mí nunca morirán".

 

Para entender esto, recordemos por un momento lo que sucedió en Jerusalén hace unos 2000 años cuando Jesús predicaba el evangelio en la Tierra Santa de Israel. Tenemos cuatro relatos diferentes de lo que sucedió en aquel momento: los evangelios de Marcos, Mateo, Lucas y Juan. Todos estos relatos nos hablan de la fascinación que la gente sentía al encontrarse con Jesús. Jesús era un hombre que irradiaba amor con una intensidad que nunca habían experimentado. 

Él no menospreciaba a la gente, ni siquiera a los pecadores, sino que les aceptaba con todas sus limitaciones y les ayudaba a reintegrarse en la comunidad. Animaba a la gente a vencer el odio e incluso a amar a sus enemigos porque Dios hace salir su sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia a justos e injustos (Mt 5,45). Y daba esperanza a la gente. "El reino de Dios ha llegado a vosotros" - dijo. No temas porque Dios está contigo todos los días y te levanta y soporta.

Este era el mensaje que Jesús predicaba a la gente. Y se sentían tan inspirados por este mensaje que, en todas partes a donde iba, miles de personas acudían para escucharle y sentir cómo se aliviaban sus almas. Cómo el amor y la alegría regresaban a sus vidas.

Sin embargo, a las autoridades del tiempo de Jesús no les gustaba esto. Tenían miedo de perder el control, así que decidieron arrestarle. Fue torturado y crucificado y murió con un grito de desesperación: "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?"

 

El propio Jesús, el hijo de Dios, pasó por la experiencia de la desesperación absoluta. Sabe cómo nos sentimos a veces. Él sabe que nosotros como hijos de Dios a veces no entendemos lo que Dios está haciendo. Él sabe cómo lloramos cuando uno de nuestros seres queridos se está muriendo. Él conoce las nubes oscuras que surgen cuando perdemos la esperanza en nuestra alma y no podemos liberarnos de este sentimiento. Él sabe lo impotentes que nos sentimos cuando hay división y conflictos en nuestras familias y el amor parece desvanecerse. Él sabe cómo nos desesperamos cuando vemos la injusticia, la violencia y la pobreza en nuestras propias vidas, a nuestro alrededor, o en el mundo. Sabe lo que se siente cuando Dios parece estar ausente. Jesús sabe todo esto porque él mismo se sintió abandonado por Dios. 

Y entonces, sucedió el milagro. La muerte no prevaleció. El amor de Dios fue más fuerte que la muerte. Por el poder de Dios, Jesús resucitó de la muerte. Nadie puede explicar científicamente lo que pasó. Pero después de que los amigos y familiares de Jesús hubieron bajado su cadáver de la cruz, le enterraron en una tumba detrás de una piedra grande. Cuando la amiga y discípula de Jesús, María, volvió al sepulcro a la mañana siguiente, la piedra no estaba y el sepulcro estaba abierto. ¡Y estaba vacío! Estaba aterrorizada y no entendía lo que había pasado. Pero entonces se encontró con Jesús. Tardó un tiempo en reconocerle, pero cuando él la llamó por su nombre, ella entendió que era Jesús. ¡Jesús había resucitado de entre los muertos! Tan pronto como su alma hubo comprendido realmente esta buena noticia, corrió a los discípulos y les habló de ella. En los días siguientes los propios discípulos vieron a Jesús y él les habló. Y él dijo: "Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el final de los tiempos." Desde entonces, lo sabemos: Jesús ya no está entre nosotros en carne. Pero Jesús resucitado está con nosotros en espíritu cada vez que dos o tres de nosotros estamos reunidos en su nombre (Mt 18,20).

Y esto es lo que experimentamos hoy. Las mujeres han relatado las buena noticia de la resurrección de Jesús a los discípulos. Ellos difundieron el mensaje por todo Israel. El apóstol Pablo lo trajo a Europa. Se difundió a todos los continentes del mundo, de modo que ahora todos nosotros podemos estar juntos hoy y celebrar este mensaje de amor y esperanza que nos hace a todos hermanos y hermanas.

 

"Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre." ¡Vivamos este mensaje! Seamos defensores de la vida en el mundo. Cuando la gente odie, amemos. Cuando la gente se pelee, reconciliémonos. Cuando la gente coja todo lo que pueda para sí misma, compartamos. Cuando veamos lágrimas en los ojos de nuestro prójimo, consolémosle. Cuando oigamos a la gente decir que el mundo es violento y oscuro y que tenemos que aceptarlo, entonces protestemos y opongámonos y hablemos del reino de Dios que vendrá. ¡Queridos hermanos y hermanas, seamos la sal de la tierra y la luz del mundo como Jesús nos ha llamado a ser!

Cuando regresemos a casa después de estos días aquí en Madrid, recemos los unos por los otros, apoyémonos los unos a los otros, vivamos una vida de testimonio de Jesucristo y de su amor. Vivamos en el conocimiento profundo de nuestras almas que, a través de Jesús, el amor de Dios está siempre con nosotros. "Ni muerte -dice el apóstol Pablo en su carta a los Romanos-, ni vida, ni ángeles, ni principados, ni presente, ni futuro, ni potencias, ni altura, ni profundidad, ni ninguna otra criatura podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, nuestro Señor." (Rm 8,38).

Ahora, hermanos y hermanas, ¡alabemos al Señor! ¡Escuchemos la música y experimentemos cómo la música abre nuestros corazones a la alegría de Dios! ¡No olvidemos nunca que, dondequiera que vivamos, somos hermanos y hermanas en Cristo!

AMÉN